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La noche de los muertos

2 jun 2025
2 min de lectura

Actualizado: 11 jul 2025

Eran aproximadamente las once y media de la noche, salía del trabajo y me dirigía hacia mi pequeño apartamento ubicado en el centro de Bogotá. La noche, como tantas otras, estaba gélida y la luz que emitían los faroles se difuminaba con la densa niebla. Durante el recorrido, mientras caminaba yo por la carrera séptima, no pude evitar darme cuenta de que, aunque la noche fuese igual que muchas otras, las personas, en cambio, eran diferentes. Bogotá, ciudad que se caracteriza por sus habitantes solitarios y distantes, no parecía ser la misma aquella noche. Yo, un joven noctámbulo acostumbrado a recorrer las calles capitalinas hasta que el sol se revelara sobre el horizonte, no había nunca apreciado una cantidad tan grande de personas caminando serenamente por el centro de la ciudad. Antes de aquella noche, encontrarme a veinte personas caminando a esa hora y en aquel sector me hubiese parecido inverosímil. Ya imaginarán mi sorpresa al verme rodeado por más de un centenar. Su aspecto me recordaba a unos viejos monjes con túnicas blancas que yo había tenido oportunidad de ver en un antiguo dibujo de un libro de historia; pero sus rostros generaban en mí una mayor curiosidad que sus vestimentas: miradas tranquilas, ojos que no desviaban la mirada del frente, y disimuladas sonrisas que no cesaban. Todos y cada uno de ellos, más allá de sus diferencias anatómicas, compartían la misma expresión facial. Intenté comunicarme con uno de ellos, pero sus ojos ni siquiera fijaron su atención en mí. El miedo invadió mi cuerpo por completo, recordé las historias que mi madre recientemente fallecida me contaba sobre los muertos que deambulaban una vez al año por las calles mientras la ciudad dormía. Mi corazón palpitaba aún más fuerte con cada paso que daba y mis instintos me obligaron a correr hasta llegar al edificio en el que vivía. Al entrar a mi apartamento sentí calma y creí por un momento que todo había sido solo un producto de mi imaginación. Lastimosamente la tranquilidad duraría muy poco, pues al abrir la puerta de mi habitación pude observar a mi madre mirando hacia la ventana con una mirada tranquila, mientras con sus manos toqueteaba la tétrica túnica blanca que llevaba puesta.


-Joseph Müller

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