Más allá de la muerte digna
Actualizado: 11 jul 2025
Cuando pensamos en los Derechos Humanos, es inevitable considerar la existencia de aquel derecho tan emblemático que nos enseñan desde la primaria: el derecho a la vida. Tan importante es este derecho que lo podemos encontrar inmerso en una innumerable lista de textos jurídicos. Los más reconocidos en Colombia son, quizás, el artículo tercero de la Declaración Universal de Derechos Humanos y el artículo decimoprimero de la Constitución Política Colombiana. Nadie duda de la importancia de este derecho, tanto así que ni siquiera existe la necesidad de razonar sobre su significación. Pero ¿qué hay acerca del derecho a la muerte digna?
En los últimos años se ha hablado mucho del derecho a morir dignamente, derivado del derecho a la vida y asociado generalmente con la eutanasia; sin embargo, considero que esta figura debe ser ampliada a tal punto que el derecho a una muerte digna se convierta en un pilar fundamental de nuestro Estado Social de Derecho, de tal manera que cualquier persona pueda ser acreedora de decidir sobre su propia existencia, sin sentirse discriminada por ello.
Bien decía Albert Camus en su libro El mito de Sísifo que “el único problema filosófico verdaderamente serio es el suicidio. Juzgar si la vida es o no digna de vivir es la respuesta fundamental a la suma de preguntas filosóficas.” El ser humano, como un individuo capaz de razonar sobre su vida y sobre el mundo que le rodea, debe tener plena libertad de disponer de su existencia, siempre que con su actuar no vulnere los derechos de sus conciudadanos.
Si bien la obra de Camus no aboga por el suicidio como un derecho, sino que, por el contrario, nos invita a vivir a pesar del sinsentido, es importante señalar que el juicio al que hace referencia el autor no debe ser realizado ni por el Estado ni por la Iglesia ni por los jueces, médicos, psiquiatras o psicólogos. Juzgar si la vida merece o no ser vivida es un ejercicio íntimo propio de cada ser humano, y somos cada uno de nosotros quienes tenemos la potestad de tomar una decisión al respecto.
Personalmente, defiendo el suicidio que se derive de un ejercicio de reflexión íntimo, alejado en lo posible de circunstancias que alteren su raciocinio. Es decir, considero que a una persona que decida acabar con su vida como resultado de una ruptura amorosa, crisis económica, trauma emocional o por alguna enfermedad como la depresión, se le debe garantizar ayuda psicológica, puesto que su decisión no corresponde a un pensamiento racional, sino que se encuentra influida por síntomas como el desamparo, la desolación o la tristeza.
En cambio, aquel individuo que llegue al convencimiento de poner fin a su vida, no porque considere que esta es trágica e indigna de ser vivida, sino porque tiene plena conciencia de que es dueño de sí mismo y que suicidarse es un acto libre y voluntario, debe tener el derecho de hacerlo sin ser señalado por los demás. Me opongo tajantemente a la opinión popular de que “todos los suicidas no querían realmente suicidarse” y que lo único que buscaban era “un poco de ayuda”. No todos los suicidas sufren de depresión, ni todos están buscando apoyo para superar una crisis que, para ellos, simplemente no existe.
La cuestión entonces es clara: a aquella persona que busca suicidarse por los problemas que afronta se le debe garantizar ayuda psicológica y emocional; pero a aquella que, de manera libre y consciente, desea terminar con su vida como ejercicio legítimo de los derechos que posee sobre su propio cuerpo, se le debe respetar su decisión sin que sea discriminada por ello.
Comprendo el riesgo de caer en una especie de “tribunal de racionalidad” que pretenda decidir qué muerte es válida y cuál no. Reconozco la complejidad del asunto y estoy de acuerdo en que incluso una decisión aparentemente racional puede estar levemente influida por factores sociales invisibles como la desesperanza o la falta de sentido. No obstante, mi posición va encaminada a que debemos abrir paso a una visión más amplia del suicidio, que nos permita siquiera comprender las múltiples razones por las que una persona puede querer poner fin a su existencia, sin prejuzgarla como débil o enferma.
Deseo finalizar este artículo expresando mi afinidad por las reflexiones de Camus. Así como él, creo que debemos vivir nuestras vidas a pesar del sinsentido, con plena conciencia del absurdo y sin recurrir al suicidio como escape. Aunque mi postura aboga por el derecho a la muerte digna desde una óptica más liberal que la visión mayoritaria actual, también creo que deberíamos imaginar a Sísifo feliz.
-Joseph Müller



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